Colombia, ¿de verdad estamos pensando?
Hay algo que me pasa cada vez que veo un atardecer sobre esta tierra hermosa que llamamos Colombia.
Me pregunto cómo es posible que un país tan inmensamente rico tenga tanta gente viviendo con tantas dificultades.
Y no, no estoy hablando solamente de dinero.
Porque si nos detenemos un momento a mirar lo que tenemos, nos daríamos cuenta de que somos millonarios.
Millonarios en biodiversidad.
Millonarios en cultura.
Millonarios en talento.
Millonarios en recursos naturales.
Millonarios en gente buena.
Tenemos una tierra privilegiada que muchos países quisieran tener. Tenemos dos océanos, selvas, montañas, ríos, fauna, flora y una riqueza cultural que no cabe en ningún inventario.
Pero sobre todo tenemos algo que vale más que cualquier petróleo o mina de oro: nuestra gente.
La señora que vende empanadas desde las cinco de la mañana.
El campesino que trabaja bajo el sol.
El estudiante que pasa noches enteras intentando construir un mejor futuro.
La madre que hace milagros con un salario que apenas alcanza.
El emprendedor que fracasa una, dos y diez veces antes de levantarse de nuevo.
Por eso me hierve la sangre cuando escucho a alguien decir que "el pobre es pobre porque quiere".
Qué fácil es decirlo cuando nunca se ha tenido que escoger entre pagar el arriendo o comprar los medicamentos.
Qué fácil es decirlo cuando nunca se ha sentido el peso de una puerta cerrada en la cara.
Porque sí, el esfuerzo importa.
Claro que importa.
Pero también importa desde dónde empiezas la carrera.
No es lo mismo correr con zapatos nuevos que hacerlo descalzo.
No es lo mismo tener contactos que no tener a nadie.
No es lo mismo nacer rodeado de oportunidades que tener que luchar por cada una de ellas.
Y eso no es victimismo.
Eso es realidad.
Todos podemos progresar.
Pero sería ingenuo fingir que todos tenemos las mismas facilidades.
Existen privilegios.
Existen influencias.
Existen las famosas roscas.
Y muchas veces vemos cómo personas menos preparadas llegan más lejos simplemente porque conocen a la persona adecuada.
Mientras tanto, otros que se han preparado durante años siguen esperando una oportunidad.
Esa es una conversación que Colombia necesita tener.
Y precisamente por eso quiero hablarte hoy.
Porque estamos a las puertas de una elección presidencial.
Y más allá de los nombres, quiero que te hagas una pregunta incómoda.
¿De verdad estás pensando tu voto?
¿O estás reaccionando emocionalmente?
¿Estás analizando propuestas?
¿Estás investigando trayectorias?
¿Estás verificando información?
¿O simplemente estás votando por rabia?
Porque una cosa es no estar de acuerdo con un gobierno.
Y otra muy distinta es apoyar cualquier alternativa solamente porque representa lo contrario.
Eso no es reflexión.
Eso es reacción.
Y Colombia merece algo mejor que decisiones tomadas desde el resentimiento.
Vivimos en una época donde pareciera que quien piensa diferente se convierte automáticamente en enemigo.
Si no piensas como yo, te atacan.
Si cuestionas algo, te insultan.
Si haces una crítica, te etiquetan.
Y sinceramente me preocupa.
Porque llevamos demasiadas décadas viviendo las consecuencias de la intolerancia.
Demasiados muertos.
Demasiadas familias rotas.
Demasiado dolor acumulado.
¿De verdad queremos seguir alimentando esa lógica?
¿De verdad queremos una sociedad donde desaparezca la capacidad de escuchar?
Yo no.
Yo quiero una Colombia donde podamos debatir sin odiarnos.
Donde podamos discrepar sin destruirnos.
Donde entendamos que quien piensa diferente no deja de ser colombiano.
No deja de ser nuestro hermano.
No deja de ser un ser humano.
Podemos estar en desacuerdo y seguir respetándonos.
Podemos votar diferente y seguir compartiendo la misma mesa.
Podemos pensar distinto y seguir amando la misma bandera.
Por eso me siento más cercana a una visión de país que habla de dignidad humana, de oportunidades para quienes históricamente han sido excluidos, de protección ambiental, de derechos humanos, de construcción de paz y de una sociedad donde nadie sea considerado menos por su origen, su condición económica o su manera de pensar.
No porque crea que exista un candidato perfecto.
No existe.
Pero sí creo que existen caminos que nos acercan más a la empatía y otros que nos acercan más a la confrontación.
Y yo ya estoy cansada de la confrontación.
Estoy cansada de que nos hagan creer que odiar es una virtud.
Estoy cansada de que nos traten convencer de que el enemigo es nuestro vecino.
Estoy cansada de ver cómo se normaliza la humillación pública, el desprecio por quien piensa distinto y la falta de compasión.
Colombia necesita firmeza.
Claro que sí.
Pero también necesita humanidad.
Necesita líderes que entiendan que gobernar no es aplastar.
No es dividir.
No es humillar.
Es construir.
Es unir.
Es servir.
Tal vez no estés de acuerdo conmigo.
Y tienes todo el derecho.
La democracia precisamente consiste en eso.
Pero antes de votar, te pido un favor.
No repitas.
Piensa.
No reacciones.
Analiza.
No te quedes con un titular.
Investiga.
No permitas que el odio decida por ti.
Porque el futuro de Colombia es demasiado importante para entregárselo a la emoción del momento.
Este país merece más.
Mucho más.
Y quizá el primer paso
para construirlo sea atrevernos a reflexionar por nosotros mismos.
Yo ya lo hice.
Ahora te toca a ti.

Comentarios
Publicar un comentario