Cuando bajar del bus ya no es un momento normal
Resulta que cuando me fui a pasar un fin de semana a Bogotá, compartí con mi familia, me divertí, me reí, respiré distinto. Venía con las mejores actitudes para empezar a trabajar el martes 18 de noviembre en la noche. Pero a veces la vida le enseña a uno en modo duro, complejo y doloroso, como si quisiera dejar la lección tatuada en hueso.
Decidí ahorrar unos pesos. En vez de taxi,
tomé un bus. Las motos no me agarraban por Indriver, así que pensé: “Bueno,
agarro el bus, me bajo, tomo una moto y llego. Económico, práctico, todo bien.”
Eso creí yo.
Pero cuando fui a bajarme del bus, la vida
me dijo: “Quietica ahí”. Al poner el pie en el piso sentí el dolor más intenso
que he sentido. Un rayo que me partió la respiración. Para no caerme, me agarré
del bus –estaba estático, no fue accidente de tránsito– y al jalarme con el
brazo derecho sentí otro dolor que me subió por el hombro como un latigazo.
Mientras yo trataba de entender qué acababa
de pasar, un señor me dijo: “Señorita, quítese de ahí que vienen más buses”. Yo
apenas podía hablar del dolor, pero le pedí ayuda. Él me ayudó a moverme. Y ahí
lloré… lloré como llora alguien que no sabe si el cuerpo va a sostenerla de
nuevo.
Intentaron subirme en una moto para
llevarme a urgencias, pero la moto iba rumbo a un hospital que no era de mi
EPS. Yo sabía que debía ir al lugar indicado, así que dije: “Lléveme a la clínica Murillo del hipódromo”. Y allá fuimos.
Al llegar, casi no me dejan entrar porque
no había pasado por otra urgencia primero. Pero la salud no funciona por turnos
de geografía, así que insistí. Me atendieron. Al verme llorando del dolor, me
dieron prioridad. Me hicieron rayos X y confirmaron mis sospechas: fractura de
peroné y fractura en el húmero. Querían operarme, pero no tenían herramientas.
Así que pidieron los materiales a Sanitas, me mandaron a casa mientras
esperaban, y yo me fui con dos fracturas, más preguntas que respuestas y un
dolor que caminaba conmigo.
Pero Sanitas dijo: “No, no las mandamos”, y
en vez de aprobar esa cirugía, me remitieron con especialistas: ortopedia,
traumatología. El del hombro me dijo que por ahora no era necesaria cirugía,
que estaba en buena posición, pero debía confirmar con rayos X y TAC.
El del pie… sorpresa: cita para el 14 de
enero. ¡Mi accidente había sido el 18 de noviembre! ¿Cómo iba a esperar yo
tanto?
Luego vino el TAC, y el especialista del
hombro me dio la noticia que me devolvió la respiración: “No necesitas cirugía.
Pero vas a venir cada 15 días. Y te voy monitoreando.” TAC, radiografías,
controles… un ritmo médico que uno jamás desea, pero agradece cuando busca
respuestas.
En rayos X, un médico me dijo que debí ir a
urgencias de Barranquilla. Yo pensé que Soledad era suficiente. Bueno, la vida
también corrige rutas. Mi mamá –siempre ella, siempre firme– me acompañó.
Después de las imágenes, decidimos quedarnos en urgencias porque el dolor en el
pie ya no me dejaba dormir.
Y ahí, como enviado por Dios, un doctor
buscó al especialista del pie, le mandó fotos de mis rayos X y él respondió. No
era de operación. Necesitaba quietud y una férula bien puesta. Me colocaron una
que corregía la posición del pie, porque la anterior me estaba torciendo el pie
hacia adentro y abajo.
Si algo aprendí es esto: cuando quieran
ponerte clavos “a la carrera”, ten la serenidad de pedir una segunda opinión.
El cuerpo es tu templo, no un experimento. Gracias a Dios, gracias a los
especialistas y gracias al amor que me rodea, no caí en una cirugía apresurada.
Y aquí viene el corazón de esta historia:
mi mamá.
La mujer que sostiene mi mundo incluso
cuando yo no sostengo ni mi propio peso.
La que está en mis días buenos, en mis días
rotos y en los que apenas sobrevivo. Su presencia es medicina, brújula y
milagro. Sin ella, este proceso sería cien veces más duro.
Hoy estoy en recuperación. Camino más
lento. Pienso más profundo. Siento más agradecimiento por la vida, por mi
madre, por los médicos correctos y por la oportunidad de sanar sin
intervención.
Dicen que bajar de un bus es un acto
simple.
Para mí dejó de serlo.
Ese día entendí que la vida es frágil, pero
también que el amor, la fe y la resiliencia son huesos que no se quiebran.
Y si este testimonio queda aquí, que sea
para recordarte esto:
Cuando la vida te rompa, permite que el
amor te reconstruya.
A veces, ese amor tiene nombre, manos
cálidas y la voz de una mamá diciendo:
“Tranquila, mi amor, aquí estoy.”
Conclusión
Aún estoy en todo este recorrido —entre salas de espera, radiografías, férulas, lágrimas y aprendizajes— descubrí algo que quiero dejar grabado aquí, para quien necesite saberlo antes de que la vida le enseñe del modo más rudo:
A veces, lo que creemos ahorrarnos en dinero, lo pagamos después en salud, en tiempo, en dolor y en una cadena interminable de incomodidades. Ese día que decidí “ahorrarme unos pesos” tomando un bus en vez de un taxi, terminé pagando un precio mucho más alto del que imaginé. Un precio que se mide en fracturas, en trasnochos, en traslados médicos, en InDrivers diarios y en esa impotencia que te revuelve el alma cuando el cuerpo simplemente no responde.
Hoy entiendo que el verdadero ahorro está en cuidarse, en escoger el camino que preserve la vida, el bienestar y la tranquilidad. Porque todo lo que se pierde se recupera… menos el tiempo y la salud.
Si esta historia sirve para que alguien más se detenga un segundo, piense dos veces y elija lo que realmente importa, entonces cada palabra escrita aquí habrá valido la pena.



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